viernes, 4 de julio de 2014

LA PRINCESA DE LOS CABELLOS DE ORO

 

Hubo una vez, en tiempos lejanos, una princesa muy linda, a quien todos llamaban la Hermosa de los Cabellos de Oro, porque sus cabellos eran más finos que el oro, maravillosamente rubios y al soltarse, le caían hasta tocarle los pies.
Hubo un rey mozo, en un reino vecino, que no se había casado aún, y era rico y de noble presencia. A sus oídos llegó cuanto se decía de la Hermosa de los Cabellos de Oro, y en el punto mismo, sin verla, de tal modo se enamoró, que fue perdiendo el apetito, y no quería llevarse a la boca manjar ni bebida. Resolvió, pues, enviar embajadores que la pidiesen en matrimonio. Mandó construir una carroza magnífica para su enviado, le dió más de cien caballos,
y le encomendó con mucho ahincó la misión de traerle a la princesa.

En cuanto el embajador se hubo despedido del rey, poniéndose en marcha, no hubo más conversación en la Corte, y el rey, sin temor de que la Hermosa de los Cabellos de Oro no consintiese en lo que el deseaba, mandó que se le hicieran desde luego ricos vestidos y muebles maravillosos. En tanto que los obreros trabajaban, el embajador, llegando a casa de la Hermosa de los Cabellos de Oro, hizo brevemente la petición; pero, ya fuese porque no estaba ella de humor aquel día, ya porque no le agradasen del todo los cumplidos que se le dirigieron, contestó al embajador que diese las gracias al rey, pero que no tenía gana ninguna de casarse.
Tuvo que marcharse el embajador, de la Corte de la princesa,  muy triste por no haber logrado convencerla y volvió a llevarse consigo todos los regalos que de parte del rey le llevaba.
Cuando llegó a la capital de su reino, en donde le esperaban con tanta impaciencia, todos se afligieron al verle volver sin la Hermosa de los Cabellos de Oro, y el rey se echó a llorar como un chiquillo.

Había un mancebo en la Corte, guapo como un sol; nadie más gallardo que él en todo el reino. Por su buena gracia y su ingenio, llamábanle Galán. Todos le querían, excepto algunos envidiosos, molestos porque el rey le favorecía y se confiaba a él en toda clase  de asuntos.
Encontróse Galán con algunos que hablaban de la vuelta del embajador, diciendo que nada importante había hecho, y sin reparar en sus palabras, exclamó: “Si el rey me hubiera enviado cerca de la Hermosa de los Cabellos de Oro, seguro estoy de que la hubiese traído.”
Aquella gente malvada se fue en seguida al rey con el cuento:
“Señor, ¿no sabe Vuestra Majestad lo que Galán va diciendo? Que si le hubiéseis enviado cerca de la Hermosa de los Cabellos de Oro, él os la hubiera traído. Ved si tiene malicia: se las da de ser más hermoso que vos, e insinúa que tanto le hubiese querido ella, que le habría seguido a cualquier parte.”
Montó en cólera el rey al oírlo, y tanto se encolerizó, que puso fuera de sí. “¡Conque ese lindo mozalbete se burla de desgracia y se cree más hermoso que yo! ¡Pues, ea: que le encierren en mi torre más alta, y muérase allí de hambre!”
Los guardias del rey fueron a casa de Galán, que ni se acordaba ya de lo que había dicho; le arrastraron a la prisión y le hicieron pasar mil sufrimientos. No tenía el pobre más que un poco de paja para tenderse, y hubiera perecido, a no ser por una fuentecilla que manaba al pie de la torre, y en la que podía beber un sorbo para refrescarse, porque el hambre le dejaba seca la boca.
Un día, sin poder ya más, exclamó suspirando: “¿Qué tiene el rey contra, mí? No hay súbdito que le sea más fiel que yo, y nunca le he ofendido.” Pasaba el rey, por casualidad, junto a la torre, y en cuanto hubo oído la voz de aquel a quien tanto quería en otro tiempo, se detuvo a escucharla, contra el deseo de los que iban con él, todos los cuales aborrecían a Galán y decían al rey: “Señor, ¿a qué os paráis? ¿No sabéis que es un pillo?” El rey contestó: “Dejadme que lo oiga.” Y oído que hubo sus quejas, los ojos se le llenaron de lágrimas, abrió la puerta de la torre y le llamó.
Galán, como la imagen de la tristeza, se echó a sus pies y se los besó.
- ¿Qué os hice, señor, para que me tratéis tan duramente?
-Te has burlado de mí y de mi embajador -dijo el rey. Has dicho que si yo te hubiese enviado cerca de la Hermosa de los Cabellos de Oro, la hubieras traído contigo.
-Cierto es, señor-repuso Galán-, que tan bien le hubiese dado a conocer vuestras altas prendas, que no hubiera podido resistir; seguro estoy de ello. En lo cual nada he dicho que no pueda seros agradable.
El rey comprendió que, en efecto, ninguna culpa tenía; miró con ojos aviesos a los que tan mal le habían hablado de su favorito, y se llevó consigo a éste, muy arrepentido del daño que le había hecho.
Después de haberle invitado a comer, le llamó a su gabinete y le dijo:
-Galán, sigo enamorado de la Hermosa de los Cabellos de Oro; su negativa no me ha hecho desistir de mis deseos: mas no sé cómo arreglármelas para que consienta en casarse conmigo, y animado estoy a enviarte para ver si tú lo consigues.
Galán replicó que estaba dispuesto a obedecerle en todo, y que podría salir al día siguiente.
-i Oh! - dijo el rey-. Quiero que lleves un gran acompañamiento.
-No es necesario -le contestó-; sólo necesito un buen caballo y cartas vuestras.
Abrazóle el rey, maravillado de que tan pronto se hallase dispuesto.
Al siguiente día, cuando acababa de ponerse en camino muy de mañanita, al cruzar una vasta pradera se le ocurrió un pensamiento precioso: echó pie a tierra y se fue a sentar entre unos sauces y unos chopos plantados a lo largo de un arroyuelo que corría bordeando la pradería.
Luego que escribió, se puso a mirar a un lado y a otro, encantado de hallarse en tan apacible lugar. De pronto vio tendida en la hierba una carpa dorada muy grande, que abría la boca con la mayor angustia, porque, empeñada en atrapar unos mosquitos, dio del agua un salto tan grande que fue a caer sobre la hierba, en donde se hallaba medio muerta. Apiadóse de ella Galán, y aunque era día de vigilia y podía llevársela para el almuerzo, la cogió y la dejó con cuidado en el arroyo. En cuanto la carpa sintió la frescura del agua empezó a dar muestras de regocijo y se escurrió hasta el fondo: volvió a subir luego, con toda presteza, a la orilla del río, y habló así:

“Galán, te doy las gracias por el favor que acabas de hacerme. A no ser por tu ayuda, me hubiese muerto; pero me salvaste y algún día te lo pagaré.”
Otro día, prosiguiendo su viaje, vio un cuervo en grave apuro: un águila enorme (gran comedora de cuervos) perseguía al pobre pajarraco y a punto estaba de alcanzarlo para tragárselo. Galán, movido a lástima por la desventura del cuervo, pensó: “Así los más fuertes oprimen a los más débiles: ¿con qué derecho el águila ha de comerse al cuervo?” Empuña el arco que lleva siempre consigo, toma una flecha, y apuntando bien al águila, ichas!, le dispara la flecha y la deja atravesada de parte a parte. Cae muerta, y el cuervo va a posarse en un árbol. “Galán -le dice-; muy generosos te mostraste al socorrerme, siendo así que no soy más que un miserable  cuervo; pero no he de ser ingrato y algún día te lo pagaré.”

Admiró Galán el claro juicio del cuervo, y siguió su camino. Al entrar en un espeso bosque, tan de mañana que apenas veía lo necesario para no extraviarse, oyó el grito desesperado de un búho. “¡Hola! -se dijo-,
ese búho está en un aprieto: ¿a que se ha dejado coger en alguna red?” Buscó por todos lados, y halló por fin unas grandes redes de las que los pajareros ponen de noche para cazar pájaros. “¡Qué lástima! - dijo-; ¡los hombres no hacen más que darse tormento unos a otros o perseguir a los pobres animales que no les causan mal ni daño!” Tiró del cuchillo y cortó las cuerdas. El búho levantó el vuelo; pero volviendo con una aletada: “Galán - dijo-, no necesito expresarte en una larga arenga la gratitud que te guardo, para que te des cuenta de ello. Bien claro se ve. Los cazadores están a punto de llegar, y a no ser por tu auxilio, me cogen y me matan. Mi pecho es agradecido, y algún día te lo pagaré.”
Tales fueron las tres aventuras más importantes que le ocurrieron a Galán en el camino. Tanta prisa tenía de llegar, que no tardó en dirigirse al palacio de la Hermosa de los Cabellos de Oro. Púsose un traje de brocado, plumas rojas y blancas; se peinó, se polveó y se lavó la cara; se echó al cuello una rica banda llena de bordados, con una cestita, y dentro de ella un perrito que había comprado al pasar por Bolonia. Tan gallardo y amable era Galán, y con tan buena gracia lo hacía todo, que cuando se presentó a la puerta del Palacio, todos los guardias le hicieron una gran reverencia, y corrieron a decir a la Hermosa de los Cabellos de Oro que Galán, embajador del rey vecino suyo más inmediato, deseaba verla. No bien hubo oído el nombre de Galán, dijo la princesa:
-Vaya un nombre bien puesto; apostaría a que el que lo lleva es guapo de veras y tiene el don de agradar a todos.
-Cierto que sí, señora - dijéronle sus doncellas de honor: desde el desván le vimos cuando estábamos guardando allí nuestros hilados, y mientras ha permanecido bajo aquellas ventanas, no hemos podido seguir la tarea.
-Bueno -replicó la Hermosa de los Cabellos de Oro: tráigaseme mi vestido de gala, el que es de raso azul bordado, y ahuecadme bien los cabellos; háganseme guirnaldas de flores nuevas; dénseme los zapatos de alto tacón, el abanico, y bárranse mi cámara y mi trono; pues quiero que por todas partes vaya diciendo que en verdad soy la Hermosa de los Cabellos de Oro.
Condujeron a Galán al salón de audiencia, y tal admiración hubo de entrarle, que como después ha declarado mil veces, casi no podía hablar; cobró ánimo, no obstante, y pronunció a maravilla su perorata, suplicando a la princesa que no le dejara volverse sin llevarla consigo.
-Amable Galán -le contestó ella---, buenas son todas las razones que acabas de exponerme, y puedes estar seguro de que me sería grato favorecerte más que a otro cualquiera. Mas quiero que sepas que hará cosa de un mes, yendo un día con todas mis damas a pasear por el río, y a punto de que me sirviesen el almuerzo, con tal fuerza tiré de mi guante, que me arranqué del dedo una sortija, la cual fue a caer, por desventura, en el agua. Más que a mi reino la quería. Ya te imaginarás lo afligida que me dejó tal pérdida. He jurado no dar oídos a ninguna propuesta de matrimonio si el embajador que se encargue de hacérmela no me trae la sortija. Ve, pues, lo que te cumple hacer, porque así me estuvieras hablando quince días y quince noches, no lograrías persuadirme a mudar de propósito.
Mucho le extrañó a Galán semejante respuesta. Hizo una reverencia profunda y rogó a la princesa que aceptara el perrito, la cesta y la banda; mas ella le replicó que no quería regalo alguno, y que pensara en lo que acababa de decirle.
Cuando estuvo él de vuelta en su casa, se acostó sin cenar, y el perrito,
llamado Cabriola, no quiso cenar tampoco y fue a tenderse a su lado. Mientras duró la noche no cesó Galán de lanzar suspiros. “¿Cómo puedo encontrar una sortija que hace un mes cayó al río? -decía-; es locura intentarlo. La princesa me lo ha dicho así para ponerme en el trance de desobedecerla.”
Suspiraba y afligíase fuertemente. Cabriola, que le estaba oyendo, le dijo: “Buen amo mío, por favor, no desesperes de tu fortuna; siendo como eres amable, fuerza es que seas venturoso. En cuanto luzca el día vámonos a la orilla del río.”
Dióle Galán dos palmaditas sin decirle nada, y abrumado por la tristeza, se quedó dormido.
En cuanto empezó a clarear, Cabriola se puso a hacer tal número de cabriolas, que le despertó y le dijo: “Vístete, amo mío, y salgamos.” Hízole caso Galán. Se levanta, se viste, baja al jardín y se encamina sin darse cuenta a la orilla del río. Allí empezó a pasearse, muy calado el sombrero, cruzado de brazos y sin pensar más que en irse, cuando de repente oyó que le llamaban: “!Galán! ¡Galán!” Miró a todos lados y a nadie vio; creía estar soñando.
 Vuelta a pasearse, y vuelta a llamarle: “¡Galán! - ¡Galán!”
-¿Quién me llama? -dijo.

Cabriola, que era muy menudo y que al ladito mismo del agua la miraba con atención, dijo:-Es una carpa dorada que estoy viendo.
Presentóse  al instante aquella carpa de gran tamaño, y le habló:
-Me salvastes la vida en el prado de los Alisos, donde a no ser por ti la hubiera perdido, y prometí que te lo pagaría. Toma, Galán querido; ve aquí la sortija de la Hermosa de los Cabellos de Oro.
Inclinóse él y la cogió de la boca de la carpa, a la que dio gracias mil.
En lugar de volverse a casa se fue derecho al palacio con Cabriolita, que no cabía en sí de gozo por haber llevado a su amo a la orilla del río. Fueron a decir a la princesa que quería verla.
-¡Ay! -exclamó ella-, el pobre chico vendrá a despedirse de mí; habrá comprendido cuán imposible es lo quiero, y se irá a decírselo a su señor.
Dieron entrada a Galán, el cual le presentó la sortija diciendo: “Señora princesa, ved vuestra orden cumplida. ¿Os place recibir por esposo al rey mi señor?”
Cuando vio ella su sortija, a la que nada faltaba, le entró un asombro tan grande, tan grande, que creía estar soñando. “En verdad-dijo-, amable Galán, por fuerza tienes un hada que te favorece, porque dentro de lo natural esto no es posible.”
-Señora -respondió él-, a ningún hada conozco, sino que tenía vivos deseos de serviros.
-Pues muestras tan buena voluntad -prosiguió ella-, preciso será que me hagas otro favor sin lo cual nunca he de casarme. Hay un príncipe no lejos de aquí, llamado Galifrón, a quien se le puesto en la cabeza casarse conmigo. Hizo que me expusieran  su deseo con amenazas espantosas, diciendo que si me negaba arrasaría mi reino. Pero dime si puedo aceptarle; es un gigantón más alto que una torre; se come a un hombre entero, lo mismo que un mono se come una castaña. Cuando sale al campo, lleva en los bolsillos unos cañones pequeños, que le sirven de pistolas; y si levanta la voz, deja sordos a los que se ponen junto a él. Mandé que le dijesen que no quería casarme y que me dispensara; pero no ha cesado de perseguirme: mata a todos mis súbditos, y tendrás que batirte con él y traerme su cabeza.
Algo cortado se quedó Galán al oír lo que se le proponía; estuvo un rato pensativo, y dijo luego: “Bien está, señora, lucharé con Galifrón. Creo que saldré vencido, pero moriré como valiente.”
Asombróse mucho la princesa, y le dijo mil cosas para evitar que se metiera a tales andanzas. De nada valió. Retiróse él a buscar armas y todo lo necesario. Cuando lo tuvo todo, volvió a meter a Cabriola en la cestita, montó en su buen caballo y se fue a la tierra de Galifrón. Pedía noticias de él a cuantos encontraba, y todos le decían que era un verdadero demonio, al que nadie osaba acercarse; cuando más lo oía decir, más miedo le entraba. Tranquilizábale Cabriola diciéndole:
-Amo mío querido, mientras te estés batiendo con él, yo iré a morderle las piernas, y cuando él baje la cabeza para echarme, le podrás matar. Admiraba Galán el ingenio del perrito; pero harto sabía que no había de bastarle tal socorro.
Llegó por fin cerca del castillo de Galifrón; todos los caminos estaban cubiertos de huesos y de esqueletos de hombres que se había comido o despedazado. No tuvo que esperar mucho, porque le vio en seguida venir atravesando un bosque. Su cabeza sobresalía por entre los árboles más altos, y cantaba con voz espantosa:

       “¿Dónde hay niños, dónde están?
    Mis dientes los devorarán.
        Tantos, tantos, tantos quiero
               que no me basta el mundo entero.”


Al punto Galán empezó a cantar con el mismo tono:

                                             “Aquí tienes a Galán.
    Esos dientes se te caerán.
                                           No seré muy alto, pero
           te he de zurrar; así lo espero.”

Los versos eran bastante malos; pero hizo tan de prisa el cantar, que por milagro no le resultó mucho peor; tal era el miedo que tenía. Cuando Galifrón hubo oído aquellas palabras, miró a todos lados, hasta que vio a Galán, espada en mano, que le dirigía dos o tres injurias para irritarle. No eran tantas las que necesitaba, y así le entró un coraje espantoso, y tomando una maza de hierro, hubiera del primer golpe aplastado al gentil Galán, si un cuervo no hubiera ido a ponerse encima de su cabeza, dándole un picotazo en cada ojo con tal tino, que se los vació. Corríale la sangre por la cara y estaba como furioso, soltando golpes a diestra y siniestra. Esquivábalos Galán, y le tiraba tremendas estocadas, hundiéndole la espada hasta la empuñadura y haciéndole mil heridas, por las que perdió tanta sangre, que cayó en tierra. Galán le cortó la cabeza en seguida, encantado de su buena suerte y el cuervo, que había ido a posarse en un árbol, le dijo:
-No se me ha olvidado el servicio que me hiciste matando el águila que me perseguía: te prometí devolvértelo, y creo que hoy lo he logrado.
-Yo soy el más favorecido -replicó Galán.
Montó después a caballo, cargando con la espantosa cabeza de Galifrón.
Cuando entró en la ciudad, todos iban tras él gritando: “He aquí el valeroso Galán, que acaba de matar al monstruo;” de tal suerte, que la princesa, que oía el rumor, temerosa de que viniesen a anunciarle la muerte de Galán, no se atrevía a preguntar qué le había ocurrido; mas pronto vio entrar a Galán en persona con la cabeza del gigante, que no dejó de infundirle temor, aunque ya no tenía para qué temerle.
-Señora -exclamó él-; muerto está vuestro enemigo. Espero que no desairéis ya al rey mi señor....
- ¡Ay!, si tal – dijo la Hermosa de los Cabellos de Oro: le desairaré como no halles medio de traerme, antes de que me ponga en camino, agua de la gruta tenebrosa. Cerca de aquí hay una honda gruta que podrá medir seis leguas de contorno; tiene en la entrada dos dragones que impiden el paso; echan fuego por las fauces y por los ojos; cuando se está en la gruta, hállase un ancho agujero por el que hay que bajar, lleno de sapos, víboras y serpientes. En el fondo de ese agujero hay una cavidad donde mana la fuente de la belleza y la salud, y esa agua es la que quiero sin remisión. Cuanto se lava con ella se vuelve maravilloso; la que era hermosa, lo es ya para siempre; la que es fea, se vuelve hermosa; la que es joven, joven se queda; la que es vieja, se torna joven. Ya comprenderás, Galán, que no he de salir de mi reino sin llevármela.
-Señora -le dijo él-, tan hermosa sois, que el agua os es inútil; mas yo soy un embajador sin ventura, en cuya muerte os empeñáis: voy a buscaros lo que pedís, en la certidumbre de que no he de volver.

La Hermosa de los Cabellos de Oro no quiso mudar de propósito, y Galán, con el perrito Cabriola, se puso en camino para ir a la gruta tenebrosa en busca del agua de la belleza.
Cuantos encontraba por el camino, decían: “Lástima que tan amable mozo corra a su perdición con tal ánimo; va solo a la gruta, y aunque le precedieran otros ciento, no podría lograr lo que se propone. ¿Por qué la princesa no ha de querer más que cosas imposibles?”  Y él seguía adelante, sin decir palabra, pero muy triste.
Llegó a la cumbre de la montaña y se sentó a descansar un poco, dejando que su caballo paciese



y que Cabriola corriera detrás de las moscas. Sabía que la gruta tenebrosa no estaba lejos de allí, y miraba a ver si la distinguía, hasta que divisó por fin un feo peñasco negro como la tinta, del que emanaba un humo denso, y al cabo de un instante a uno de los dragones que echaba fuego por los ojos y por las fauces, y tenía el cuerpo amarillo y verde, garras y una larga cola que le daba más de cien vueltas. Cabriola vio todo aquello, y no sabía dónde esconderse del miedo que tenía.
Galán, resuelto a morir, sacó la espada y un frasquito que le había dado la Hermosa de los Cabellos de Oro para que se lo llenase de agua de la belleza, y dijo a su perrito Cabriola: “¡Esto se acabó! Nunca podré conseguir el agua esa que está guardada por dragones. Cuando me veas muerto, llena el frasco de sangre mía y llévaselo a la princesa, para que vea lo que me ha costado; vete después al encuentro del rey mi señor, y refiérele mi infortunio.”
Mientras así hablaba, oyó que le estaban llamando: “¡Galán! ¡Galán!”
Dijo: “¿Quién me llama?” y vio, en la oquedad de un árbol añoso, un búho que le hablaba:
“Me sacaste de la red en que los cazadores me tenían preso, y me salvaste la vida; prometí pagártelo:
ha llegado el momento. Dame ese frasco; todos los caminos de la gruta tenebrosa me son conocidos, e iré a buscarte el agua de la belleza.”
Dióle en seguida Galán el frasco, y el búho se entró sin la menor dificultad en la gruta. En menos de un cuarto de hora volvió trayendo la botella con su tapón y todo. Galán se quedó maravillado, le dio las gracias muy rendido, y volviendo a pasar la montaña, se encaminó de nuevo a la ciudad, contentísimo.
Se fue derechamente al palacio y presentó el frasquito a la Hermosa de los Cabellos de Oro, la cual ya nada tuvo que decir; dio las gracias a Galán, pidió cuanto necesitaba para el camino, y emprendió la marcha con él. Encontrábale amable en extremo, y a veces le decía: “Si hubieras querido, yo te hubiera hecho rey; no habrías salido de mi reino.” Pero él contestaba: “Aunque me parezcáis más hermosa que el sol mismo, por todos los reinos de tierra no querría yo causar a mi señor tal disgusto.”
Llegaron por fin a la capital del rey, el cual, sabedor de que llegaba la Hermosa de los Cabellos de Oro, salió a su encuentro y le hizo los regalos más ricos del mundo. Se desposó con ella entre tantos regocijos, que no se hablaba de otra cosa; pero la Hermosa de los Cabellos de Oro, que amaba a Galán en el fondo de su corazón, no estaba a gusto más que cuando le veía, y no se cansaba de alabarle. “A no ser por Galán, nunca hubiera venido-dijo al rey: ha tenido que hacer cosas imposibles en servicio mío; debes agradecérselo; me ha traído el agua de la belleza y nunca envejeceré; siempre seré hermosa.”
Los envidiosos que escuchaban a la reina, dijeron al rey: “No sentís celos, y motivo tenéis para sentirlos. La reina ama de tal modo a Galán, que por él pierde las ganas de comer y beber. No hace más que hablar de él.”
El rey dijo: “Cierto es, ya me doy cuenta de ello: que le encierren en aquella torre, con grillos en los pies y en las manes,
Fué preso Galán, y en pago de haber servido tan bien al rey, le encerraron en la torre con grillos en los pies y en las manos.
No veía más que al carcelero, que por una abertura le echaba un mendrugo de pan negro y agua en una escudilla de barro. Pero su perrito Cabriola no le abandonaba, e iba siempre a consolarle y a contarle todas las noticias.
Cando la Hermosa de los Cabellos de Oro supo su desgracia, fue a echarse a los pies del rey, y llorando le suplicó que sacara de la prisión a Galán. Pero cuanto más le rogaba, tanto más se irritaba él, porque pensaba: “Eso es que le quiere;” y no quiso ceder. No volvió ella a hablar, y se puso muy triste.
Dióse cuenta el rey de que acaso ella no le encontraba muy guapo, y entró en ganas de frotarse el rostro con el agua de la belleza, para que la reina le amase un poco más. La tal agua estaba en un frasco al borde de la chimenea del cuarto de la reina que la tenía puesta allí para contemplarla más a menudo; y sucedió que una de sus camaristas quiso matar una araña de un escobazo, y tuvo la desgracia de tirar al suelo el frasco, que se rompió, derramándose toda el agua. Lo barrió en seguida, y no sabiendo qué hacer, se acordó de que había visto en el gabinete del rey un frasco muy parecido, lleno de agua clara, como el del agua de la belleza; lo cogió cautelosamente, sin decir nada, y lo puso encima de la chimenea de la reina.
El agua que tenía el rey en su gabinete servía para dar muerte a los príncipes y grandes señores que cometían algún crimen; en vez de cortarles la cabeza o ahorcarlos, frotábaseles el rostro con el agua aquella; quedábanse como adormecidos y no volvían a despertar. Pues una noche fue el rey, cogió el frasco, se frotó bien la cara, se quedó adormecido y se murió. El perrito Cabriola fue de los que antes lo supieron, y no dejó de ir a contárselo a Galán, quien le rogó que fuese a ver a la Hermosa de los Cabellos de Oro, y le hiciese acordarse del pobre prisionero.
Cabriola se fue escurriendo, poquito a poco, entre la multitud, porque había mucho jaleo en la Corte a causa de la muerte del rey. Dijo a la reina: “Señora, no os olvidéis del pobre Galán.” Recordó ella en seguida las penalidades que él había sufrido por su causa, movido por su extrema fidelidad. Salió sin decir nada a nadie, se fue derecho a la torre, y quitó con sus propias manos los grillos de los pies y de las manos de Galán, y poniéndole una corona de oro en la cabeza y el manto real en los hombros, le dijo: “Ven, amable Galán: te hago rey y tomo por marido.”
Echóse él a sus pies, dándole gracias. Todos se sintieron dichosos de tenerle por señor. Hubo las más ricas bodas del mundo, y la Hermosa de los Cabellos de Oro vivió mucho tiempo al lado del hermoso Galán, felices los dos y satisfechos.

MORALEJA

     Sí un desgraciado te pidiera ayuda,
                                     sé generoso y tiéndele tu mano;
          recompensa tendrá tu acción, sin duda,
                                     tarde o temprano.
      A la carpa Galán y al cuervo ampara,
       y al búho, feo bicho. ¿Quién pensara
                                     que su acción meritoria
                                     tal premio alcanzaría
 y que por ellos iba a verse un día
        levantado a las cumbres de la gloria?
                                      Logra su empeño:
                                      le mira con agrado la princesa,
     y siempre fiel a su señor y dueño,
                                      sabe salir triunfante,
             y logra hacer callar, en ardua empresa,
  la dulce voz del corazón amante.
          Y en la cárcel, por fin, cuando parece
        más imposible el logro de su anhelo,
                                      un milagro le ofrece,
         propicio siempre a la virtud, el cielo.

*   *   *
          


"Y colorín colorado, este cuento se ha acabado"

KUMAS

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